martes, 30 de noviembre de 2010

Restaurar

Aún no sé quién estaba dentro del baño que yo acostumbro a utilizar cada mañana para adecentarme y ducharme, el de color blanco, pero estaba ocupado, y tenía prisa, así que he entrado en el otro.

El otro es de color azul y más pequeño, tiene poco espacio, un pie de ducha mínimo y un lavabo diminuto, tanto que, al afeitarme, estaba casi pegado al espejo, también minúsculo. Y así, mirándome de tan cerca, es como he descubierto una delgada veta translúcida que cruza mis ojos de extremo a extremo, atravesando mis pupilas.

Mi primera reacción ha sido gritar, un estruendoso alarido que hubiera despertado a toda la casa si no viviera solo, y que me ha asustado incluso más que las franjas oculares. Después, ya calmado, una vez examinadas minuciosamente, he concluido que, sin duda, esas dos bandas distorsionan mi percepción del mundo, de la realidad, inclusive de ellas mismas.